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Cada viaje comienza a desarrollarse en las dimensiones del tiempo y el espacio, moviéndose hacia un destino. No importa cuánta distancia hayamos recorrido. Cuánto sol, cuánta lluvia y cuánto viento hayamos sentido en la piel. Un viaje es verdadero, cuando en la meta visualizamos no solo el momento final de esta experiencia ancestral, sino también los giros que nos llevan hacia nuevos caminos inexplorados.

Aquí y ahora, las perspectivas se dilatan y la línea que divide el cielo y la tierra nos parece más delgada. Las huellas trazan un mapa, un dibujo que cuenta nuestra historia: el recorrido que hemos hecho, los lugares que hemos visto, las sensaciones que hemos experimentado. Estas huellas nos recuerdan los matices de color que han visto nuestros ojos, cuántos perfumes y melodías, cuántas expresiones intrigantes, distintas a nosotros y, sin embargo, familiares.

Una tal belleza, perfecta como solo la madre naturaleza la puede concebir, nos da la bienvenida y nos abriga. En un equilibrio entre lo que ha sido y lo que imaginamos que será, se abren nuevas perspectivas. Y como un pintor sobre un lienzo blanco, ahora trazamos las líneas de un nuevo sendero.

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